
¿Suena la caída de un árbol que nadie escucha?
Los errores son un pilar fundamental para la construcción de una saludable organización. Necesitamos de ellos para despertarnos y hacernos comercialmente fuertes. Pueden ser pura ganancia pero para ello debemos aprender cada vez mejor cómo transformarlos en herramientas que nos permitan conjugar escenarios cada vez más operativos y estratégicos. En un escenario de crisis, es imprescindible poder reciclar todos los errores para competir y crecer comercialmente.
Un error, bien dice Chis Argyris* en “Conocimiento para la acción”, es cualquier falta de correspondencia entre intenciones y consecuencias efectivas.
¿Podemos hablar entonces de errores si nadie los ve como tal?
La respuesta depende de cada uno. No podemos considerar erróneo trabajar 2 horas diarias para nuestro negocio, si valoramos el ocio en primera instancia. Cuando nuestra necesidad en cambio, es hacer un buen negocio, entonces sí, a partir de allí podemos declararlo formalmente un error.
Hábitos invisibles
Es necesario que una organización que busca crecer se plantee seriamente aprender cada día un poco más (más aún en el contexto acelerado que vivimos hoy). Para ello se necesita una política declarada que encare proactivamente desenterrar los misterios que esconde cada acción y cada decisión que ejecuta su empresa.
Comenzar significa colocar nuestro esfuerzo (y en la medida de lo posible, el de todo el equipo también) en detectar problemas ocultos a simple vista. Desde un punto de vista práctico, significa nada más y nada menos que enfrentarse con la inercia del día a día.
Hablar de errores en general suena muy genérico, ya que la gestión involucra tantos aspectos que el objetivo al principio puede volverse difuso. Sea cual fuese la escena, usualmente cuando nos encontramos frente a un error, disponemos a nuestro alrededor de un grupo de soluciones posibles. Sobre la marcha, elegir la mejor solución solo es cuestión de sentido común. Tener más opciones siempre implicará que nuestras soluciones sean cada vez mejor diseñadas, por eso, la experiencia cotidiana debería ir con el tiempo agregando posibilidades a nuestro haber, para luego plasmarlas en la organización y así anticipar cada vez mejor el negocio al futuro.
Una correcta gestión implica entonces que nuestro foco de atención no son solo los errores cometidos, sino también qué hacemos con ellos.
Aprender de la experiencia.
Lo que le pasa al hombre, le pasa a las empresas. Existen en los grupos de trabajo hábitos que parecen enfermedades comunes a muchas organizaciones. Hay hábitos de “caos” en los que se hace imposible distinguir varibles; hay hábitos de “comodidad” en los que como-todo-funciona nadie plantea cambios seriamente; pero sin duda los hábitos que más afectan el aprendizaje de las empresas son los “hábitos defensivos”* o el factor humano que todos poseemos en mayor o menor medida de no reconocer que estamos cometiendo errores.
En el día a día, para bien o para mal, todos somos para el negocio una sumatoria de hábitos. El hecho que existan malos hábitos, no significa que tener hábitos sea malo. Nosotros, todos los seres vivos estamos moldeados por nuestros hábitos. En nuestro trabajo, somos más que nada una serie de hábitos. Algunos que conocemos bien porque los elegimos a diario, y otros que no, porque están muy muy profundamente fundidos en nuestras personalidades. Los hábitos nos caracterizan, nos diferencian del resto. Son nuestra identidad. Es todo aquello que realizamos sin darnos cuenta cuando simplemente somos nosotros mismos. Están compuestos de una herencia genética, mandatos familiares, mandatos sociales, hechos simbólicos que cambiaron el rumbo de nuestra vida, amigos, parejas, etc. Todo aquello que nos marcó con fuego, está escrito en lo que somos hoy.
Los hábitos invisibles que perjudican al negocio son los más difíciles de detectar a nivel personal. Y luego a nivel grupal los más difíciles de cambiar. Somos adictos a ellos. A nuestros hábitos y a los de los que nos rodean a diario. Así encajamos como piezas de un rompecabezas emocional colectivo. Si uno cambia, por fuerza debe también cambiar el resto (sobre todo cuando somos responsables del trabajo de varias personas).
¿Cómo afectan los hábitos de toda la vida nuestro negocio?
Cabe aclarar que un hábito perjudicial para el negocio, no necesariamente es un hábito perjudicial para la persona fuera de éste. Solo es un problema en la medida en que lo contrastemos con los objetivos del negocio. Pongamos por ejemplo un factor clave del negocio: la selección de personal.
Digamos que el equipo de trabajo es producto de su elección. Cuando elegimos a las personas que van a realizar sus objetivos, solemos evaluarlos con nuestra matriz gastronómica, pero también somos emocionales, impulsivos y decidimos muchas veces en última instancia por se nos canta.
Nuestro gusto personal puede ser certero en cuanto a lo mejor para nuestro negocio, o no. Lo importante es que debemos saber investigarlo. Saber qué se pone en juego detrás de nuestras elecciones. Usted no podrá ver la lente con que está observando; pero sí puede identificarla si su búsqueda es científica.
¿Por qué elegimos como elegimos?
Siguiendo con el ejemplo anterior, cuando elegimos un empleado (y no otro) nos estamos dejamos afectar también por su tono de su voz, por su forma de vestirse, por su piel, por su forma de moverse, de respirar. Estas cuestiones también hacen a un equipo de trabajo.
Estudiar la totalidad de aspectos que evaluamos le dará con el tiempo muchas más chances de no caer en el peor de todos los hábitos, el de creer que el problema no es usted sino los demás.
Ezequiel López Batista
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